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Cada vez que salvas partida, LucasFilm se carga un ratón de bola

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Eran los tiempos de Edward Carnby pateándose Derceto en el 286/12 Mhz, de fines de semana entre Cadillacs y Dinosaurios, haciéndole “fatalities” al hermano de turno, o yéndote al bar de abajo con el vecino a pasarte de una vez por todas el Super Pang. Si la máquina mostraba el temido GAME OVER, el truco de partidas infinitas lo activaban las monedas de 25 pesetas atadas con un hilo. Eso sí, si el dueño se enteraba, no había IDDQD que te salvase: si acaso un “Mira, detrás de tí, un mono de tres cabezas”, ponerse a correr en modo Sonic ¡y que te echasen un galgo!

También eran tiempos de los famosos “No te acerques tanto a la pantalla que te vas a quedar ciego” y la verdad, todavía estoy buscando al que me ponga gafas. Aunque siendo sinceros, se hacían algunos excesos a causa de los videojuegos: nunca comí tan rápido, estudié tan poco, madrugué tanto, ni fui tan capaz de no dormir por la noche, que cuando de haber dejado una pantalla a medias se trataba.

Terminar lo que habías empezado era una cuestión personal. Joder, ¡acababas sintiendo cosas por aquellos monigotes VGA! Algunas veces, incluso, la muerte de los personajes llegaba a afectarte: ¡Quién no ha escuchado, alguna noche de tormenta, el lamento de las miles de almas Lemming que no pudo salvar!

La cosa es que, a principios de los 90, ante tanta matanza, las asociaciones de padres no daban abasto. Y es que no había rombos suficientes para catalogar las masacres que llegué a cometer por los pasillos del Wolfenstein 3D. Pero si algún mayor me recriminaba lo de los juegos violentos, ¡mi venganza era muy inocente!: tan sólo me imaginaba su coche en la bonus stage del Street Fighter II.

Eso sí, no todo eran "unos y ceros" carentes de principios o valores. Las mejores lecciones que aprendí jamás, por ejemplo, iban dentro de los cuatro disquetes de baja densidad del Monkey Island. Al fin y al cabo, las aventuras gráficas fueron mi gran escuela. Gracias a ellas ahora sé cosas:
  • No hay puerta que no abra el famoso “Levantar > Felpudo”-“Coger > Llave
  • Ni pared que se resista a ser trepada con “chicle bajo el pupitre” pegado a las suelas de los zapatos.
  • Un ratón de bola tiene una vida media de 100 horas de juego.
  • Los hechizos toman la forma de secuencias de notas musicales en la escala de Do mayor.
  • Los tres libros imprescindibles para desenvolverse en la vida adulta son: “Manual sobre cómo pilotar un aeroplano”, “Libro de mapas de antiguas catacumbas romanas”, y “Diario del Grial” del Dr. Henry Jones.
  • Si se llama Sofía, desconfía.
  • Vayas a donde vayas: lleva contigo un pollo de goma con polea en medio.

Y diréis: ¿Por qué cuento todo esto? Pues porque de ponerme nostálgico con mi época dorada de los videojuegos, he recordado un programa de radio de domingos por la noche, con Guillém Caballé, Carlos Ulloa y Manuel Martín Vivaldi (También de otro extinto programa de TV) que me estuvo acompañando todos esos años. Al final, tuvieron que echar el cierre, y fueron sustituidos por “En tu casa o en la mía”.

En agradecimiento, yo les dedico este post: porque no hay Lorena Berdún que pueda con mis momentos de “Bit a Bit” en La 2 y sobretodo, de “GAME 40”, en los 40 principales.



P.D: Quiero agradecer a Anderworld la edición de este video

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